Razones perdidas
Una cosa que amo de la ciudad en la que vivo:
La forma en que las montañas se visten de neblina por las mañanas, cuando el sol no ha salido del todo, y por las tardes, cuando está a punto de ocultarse. Parecen cubrirse de un algodón espeso. Las contemplo por minutos y minutos y me pregunto cómo será vivir allí arriba. Trato todos los días de no perderme el espectáculo en el que la colina se aburre de su desnudez y decide taparse de los ojos de la ciudad que palpita en su valle, en su seno. Es como una danza entre ella y yo, entre ella y todos. A veces hasta la imagino danzando con soltura entre un nube y otra. Es magnífico.
A veces bajo a tomar aire fresco y me siento afortunado de estar aquí y no en otro lugar cualquiera del mundo. Ni siquiera en London. Me siento extrañamente autóctono, pero como en secereto, no quiero que nadie lo sepa. Queda entre la montaña y yo. Y es genial guardar tus secretos en una montaña...

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